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Motos Varios Viajes

Alpes en moto 2008, parte I

Hola!!

El pasado mes de Junio tenía una reunión de Qualipso en Munich y decidí compaginarlo con mi primer viaje en moto en solitario por los Alpes. Digo mi primer viaje en moto por los Alpes, porque esto hay que repetirlo…

Desde que he llegado, intento sacar tiempo para escribir la crónica. Pero entre unas cosas y otras, me estoy retrasando. Por eso he decidido hacer la crónica por entregas. Si veo que tiene aceptación, iré escribiendo el resto. Así que aquí tenéis la primera parte 😉

[Esta vez también tenemos sección audiovisual. Podéis pasar directamente a ella si no os apetece leer: fotos y un vídeo. (No quiero saturar el artículo con fotos, así que iré añadiendo enlaces a los sets de mi cuenta de flickr con las mejores fotos de cada jornada 😉

Si además de ver fotos te gusta leer chorradas, sigue leyendo ;-)]

Una de las cosas buenas que tiene trabajar donde yo trabajo, es que puedes hacer cosas como esta. La verdad es que no preparé mucho el viaje y no tenía ni idea de qué iba a visitar ni hacer. No voy a decir que fue una cosa que surgió de un día para otro… pero la verdad es que sí que ha sido un poco lanzarse… a ver qué pasaba…

La preparación consistió en imprimir el mismo día antes unos cuantos itinerarios hechos con Google maps y cuatro páginas de Wikitravel y la Wikipedia. La idea era llevar conmigo el libro Motorcycle Journeys Through The Alps & Beyond de Jhonn Hermann, la biblia de los viajes en moto por los Alpes. pero me fue imposible conseguirlo a tiempo (a estas alturas ya lo tengo en casa y puedo confirmar que es un libro esencial para un viaje como este 😉

Lo mejor que hice, sin duda alguna fue llevarme impresas las rutas de la página Alpine Roads, que recomiendo encarecidamente a cualquiera que quiera hacer un viaje similar.

Para este viaje, el equipo consistía en:

Con muchos nervios y tras hacer la maleta ya en tiempo de descuento, me marché a la cama para no pegar ojo en toda la noche 😛

10 Junio: Madrid – Sabadell (700 kms)

Si algo he aprendido de verdad en este viaje es que odio las autopistas. Las evitaré siempre que pueda, siempre que vaya en moto, en toda mi vida, forever and ever.

Pero mi intención era salir de España y pasar Francia relativamente rápido. Para llegar cuanto antes al norte de Italia. Así que el día consistió básicamente en chupar kilómetros hasta Sabadell, donde tengo unos tíos estupendos y cuatro primos maravillosos a los que hacía tiempo que no veía.

La ruta fue aburrida y el día gris, con lluvia a ratos y bastante frío. Probablemente el día más húmedo y frío de todo el viaje, puesto que más adelante tuve bastante suerte con el tiempo. Chinazo en la pantalla que estaba estrenando, aburrimiento en la autopista y poco más.

Al llegar a Barcelona (no hace falta entrar en Barcelona para ir a Sabadell, pero era uno de esos entrañables rodeos estúpidos que hacemos los que no llevamos GPS) me vi en mitad de la B-10, colapsada por las manifestaciones de camioneros protestando por el precio de los carburantes. Esta estupenda coincidencia hizo los últimos kilómetros del viaje aun más pesados.

Una vez en Sabadell, lo mejor del día sin duda poder visitar a mis tíos y a mi prima Judith para conocer por fin a sus dos preciosas niñas, Elia y Laura. Cena en familia y descanso reparador.

11 Junio: Sabadell – Eze (650 kms)

Una vez más el día fue prácticamente sólo autopista. Quería llegar a Mónaco esa misma tarde y era la única opción para recorrer tantos kilómetros.

Por primera vez utilicé tapones para los oídos. Algo que siempre me había parecido una idea un poco peregrina. Pero la verdad es que hacer muchos kilómetros de autopista sin ellos y con un casco malo, es garantía de dolor de cabeza y aturdimiento general durante el resto de la tarde. Si a los tapones le sumamos la excepcional aerodinámica del casco Schuberth, que lo hace extraordinariamente silencioso, el resultado es bastante aceptable. Desde luego a años luz de mi antiguo Suomy Ventura.

Autopista, sí. Pero cómodo 😉

Buen día, con un poco de lluvia a medio día pero más bien soleado el resto del tiempo y buen ritmo de marcha. A media tarde ya estaba pasando Niza y no tenía ni la más remota idea de dónde iba a dormir. Mi costumbre de hablar hasta con las piedras, hizo que en la cola de un peaje cerca de Mónaco se me ocurriera preguntarle a un motero que iba detrás de mi.

Un tipo muy majete en una deportiva y con los cascos a todo trapo, que me recomendó Eze para dormir. Un pueblo entre Niza y Mónaco, no tan caro como este último, pero muy cerca y bastante turístico. Me sonaba de haberlo visto en la Wikipedia así que le hice caso. Fue llegar a la oficina de información y turismo y al poco ya tenía hotel playero (Normandy, 58€ con desayuno).

Tras dejar las cosas en el hotel, me marché con la moto a Mónaco (5 minutos), para hacer una pequeña visita. Me centré en visitar el trazado del circuito de fórmula uno y algunos sitios singulares. La verdad es que después de dos días de autopista, pasar por la Rascasse me dio la sensación de estar haciendo mi primera curva de verdad. Aunque bajar por la Route de Beausoleil (D-53) con sus horquillas urbanas tampoco estuvo mal 😉

El rato que estuve deambulando, no entré en ningún sitio, pero paseé por la zona del casino de Montecarlo, La Avenue Saint-Martin y el puerto.

Gran cagada, el no entrar a la ciudadela… pero bueno, Mónaco está ahí al lado, siempre se puede volver 😉

En general, Mónaco no me impresionó demasiado. Es cierto que está llenito de coches espectaculares, gente guapa, tiendas de lujo y mucha vida nocturna, terrazas y restaurantes. Pero… vamos… que me cansé enseguida.

Decidí ir a cenar a Eze Village. Eze está dividido en dos partes: Eze-Sur-Mer (en la playa) y Eze Village, en lo alto de un monte, por la D-6007 (una carretera muy divertida), con un casco antiguo muy pintoresco. La verdad es que la visita mereció la pena. El pueblo era muy bonito y ofrecía unas vistas preciosas de la montaña encontrándose con el mar. Además, tuve la oportunidad de ver dos Ferrari, un Porche, un Jaguar, un Volvo y dos BMW en un parking de unos 100 m2 😛

Volví a Mónaco para tirar algunas fotos nocturnas y di por terminado el día.

Fotos de Mónaco y alrededores.

12 Junio: Eze – Pesciera (480 kms)

Empecé el día con un estupendo desayuno en la terraza del hotel, mientras preparaba la ruta. Ese mismo día, quería llegar hasta el Lago di Garda, en el norte de Italia, pero no sabía por dónde.

Mi idea original era seguir la costa hasta Génova y luego hacia el norte. Pero sabía que el norte de Italia sería aburrido si me alejaba de las montañas. Por otro lado, ir por las montañas llevaría mucho tiempo.

Decidí tirar por la calle de en medio y atravesar los Alpes Marítimos por Col de Tende, en el Parque Nacional de Mercantour. Una vez en Italia, compraría un mapa y decidiría por dónde seguir.

Sonaba bien. Pero mi falta total de preparación de las rutas, mi ignorancia supina y el hecho de que en este punto del viaje todavía no prestaba atención a las páginas que llevaba encima sacadas de la web Alpine Roads (creedme, extremadamente útiles), fueron causa de una de las grandes cagadas del viaje 🙁

Sí. Claro que atravesé Col de Tende… sí… ¡Por el túnel!

Así que borrico de mi, me perdí uno de los puertos de los Alpes con más solera motera, cambiándolo por un húmedo, angosto y oscuro túnel de más de tres kilómetros, construido en 1882, que pasaba por debajo. ¡Ole!

Para mi consuelo queda que el soleado día que me acompañaba cuando me acercaba a la subida, llegando ya al túnel, se volvió lluvioso y con poca visibilidad. Así que puede que el puerto no hubiera sido una experiencia agradable. Al lado italiano, el cielo volvió a aparecer azul.

Bueno… de todas maneras, más adelante me hartaría de puertos míticos 😉 así que tampoco fue para tanto. Además, la carretera D6204 entre Sospel y Tende, por el valle del río Roya, no estaba nada mal y me quitó el mono de curvas que llevaba encima 😉

Más fotos de los alrededores de Tende.

Pero el día no había hecho más que empezar… y las cagadas en esta jornada se sucederían una tras otra.

Por esta parte de los Alpes, del lado italiano muy pronto se llega a una gran llanura. Así que desde Cuneo en adelante las carreteras se volvieron cada vez más rectas y el viaje se hizo monótono. Tenía que llegar hasta el lago y todavía estaba muy lejos, así que tomé la autopista A-21 hacia Brescia para hacer kilómetros.

Pronto me aburrí y salí de la autopista. Pero eso fue un gran error. Acabé en una nacional cargadísima de tráfico y que atravesaba muchísimos pueblos. Así que lo único que hice fue perder tiempo, cansarme y convencerme de que en esta parte de Italia, era mejor coger la autopista para dejar la llanura atrás 🙁

A todo esto, el tiempo andaba revuelto. Hacía muchísimo calor, pero de vez en cuando caía algo de agua. La autopista se iba abarrotando de tráfico según me acercaba a Verona y yo me estaba cansando bastante.

Ya cerca del lago y lloviendo en toda regla, me paré en un área de descanso a tomar algo. Tenía claro que el Lago di Garda era una zona muy turística y que cualquier pueblo de la orilla sería bueno para pasar la noche. Pero charlando con dos italianos en el bar de la gasolinera, me recomendaron Peschiera. Un pueblo en la orilla sur que según uno de los chicos era muy bonito.

Salí de la autopista y al ir a pagar el peaje, la chica de la garita me dijo que para Peschiera me venía mejor la siguiente salida. Así que me dijo -da la vuelta en esa rotonda y te vuelves a meter en la autopista.

No me hacía gracia volver a la autopista. Llovía a mares y estaba llena de camiones que levantaban agua sucia, mala visibilidad, frío… Pero le hice caso y tomé la rotonda, muy despacio, mirando las señales. Estaba dentro de la rotonda cuando vi que una de las salidas indicaba Peschiera a 13 kilómetros por una carretera nacional. Dudé un instante, bajando la velocidad hasta casi pararme en mitad de la rotonda. Estaba pensando en coger ese desvío y hacer esos 13 kilómetros o volver a la autopista para salirme en la siguiente salida.

En una décima de segundo decidí que estaba cansado y que la autopista me llevaría más rápido a Peschiera, un hotel y una buena cena. Así que decidí terminar de dar la vuelta en la rotonda, dando un mínimo, minúsculo, ínfimo golpe de gas…

Al instante siguiente estaba en el suelo y mi moto se alejaba de mi resbalando sobre el costado izquierdo.

Resulta asombroso todo lo que te da tiempo a pensar cuando tienes una caída. Todavía estaba resbalando la moto y yo, tendido en el suelo, ya me había dado cuenta de que no me había hecho absolutamente nada. Pero pensaba que mi viaje se había ido al garete, que la moto se habría roto mil cosas y que la había cagado definitivamente.

Mientras me levantaba, un hombre salía de su furgoneta gritando -¡Oleo! ¡oleo! (¡ACEITE!)

Me puse de pie y me acerqué a la moto. Corté la corriente y la levanté como en los manuales. La empujé hacia una orilla de la rotonda y me dispuse a comprobar que se había destrozado y que me había cargado el viaje entero…

¿Lateral rayado? No.
¿Intermitente roto? Nop.
¿Selector de marchas hundido? Nope.
¿Maneta de embrague torcida? No…

¡Nada!

Un momento. No me lo podía creer… ¡la moto no parecía tener absolutamente nada!

La pongo en marcha y arranca perfectamente. La miro una vez más y compruebo, que la moto había resbalado sobre el contrapeso del manillar y la maleta izquierda. El cubremanetas izquierdo tenía un raspón y se había movido un poco. Había protegido la maneta del embrague que se habría doblado clarísimamente de no haber llevado el cubremanetas. La maleta dura Givi, se había llevado el resto de los rasguños, salvando tooooooodo lo demás: semicarenado, intermitente, selector de marchas y estribera. Todo había quedado en el aire.

Tengo una flor en el culo.

En esto que se acerca la chica de la garita del peaje a interesarse por mi estado y juntos comprobamos que la rotonda entera estaba llenita de aceite. Enseguida se encargó de llamar para que lo señalizaran y lo limpiaran. Pero eso yo ya no me quedé a verlo. Estaba harto y molido. Seguí unos pocos minutos más hasta el pueblo, mientras dejaba de llover, como para darme una pequeña tregua.

Por fin llegué a Peschiera, a las orillas del Lago di Garda. No tenía ganas de nada, así que busqué la oficina de información y turismo y les pedí que me buscaran un hotel. Lo único que quedaba era un poco caro (Albergo Esperanza, 65€ con desayuno), pero estaba muy cansado y no quería buscar más. Además… mi madre se llama Esperanza, así que lo entendí casi como una señal 😛

Por fin en el hotel comprobé una vez más asombrado que la moto estaba perfectamente. Lo único, el anclaje de la maleta izquierda, que estaba levemente hundido. Pero nada importante, ni siquiera es parte de la moto 😉

Me quité la ropa que estaba empapada y apestaba a gasoleo y comprobé al descubrir las rozaduras en el hombro izquierdo de la chaqueta, que de haber ido en camiseta, una caída tan tonta hubiera sido un pequeño infierno de piel en carne viva :-/

El resto de la tarde fue muy agradable. Una buena tregua. Peschiera es un pueblo realmente bonito y con mucho ambiente. Paseo, y una estupenda cena con cervecita, plato de pasta y un pescado en una terracita del centro.

Esa tarde y a la mañana siguiente, a orillas del Garda, tomé algunas de las mejores fotos del viaje.

Esa noche decidí tomarme el resto del viaje con más tranquilidad, no obligarme a hacer tantos kilómetros por jornada, evitar autopistas, parar cuando estuviera cansado y en definitiva disfrutar de mis vacaciones y de mi buena suerte.

Dormí como un tronco 😀

Al día siguiente comenzaría la ensalada de curvas en la que se convirtió el resto del viaje… pero eso os lo contaré en la siguiente entrega 😉