Alpes en moto 2008, parte II

[Esta es la segunda parte del relato de mi viaje en moto por los Alpes en Junio de 2008. Puede que quieras leer la primera parte, echarle un vistazo a las fotos o ver un improvisado vídeo con una banda sonora peculiar…

… si además te gusta leer chorradas, sigue leyendo ;-)]

13 Junio: Pesciera – Salorno (200 kms)

Me desperté en el Albergo Esperanza a las orillas del Lago di Garda, para encontrar una mañana fresca con la cara recién lavada. Había llovido durante la noche y un cielo entre claro y nuboso me auguraba un día de clima cambiante, pero al menos comenzaba con carreteras limpias y secas 😉

La caída de la tarde anterior y una pequeña charla telefónica con mis padres habían hecho que me empezara a tomar el viaje de otra manera… y creo que a partir de este momento lo disfruté mucho más.

Me había propuesto llegar aquel día a Bolzano (o Trento). Había estado en Bolzano antes y lo recordaba como un sitio muy bonito entre montañas y con mucho ambiente motero. Así que decidí repartir el día entre visitar las orillas del lago y avanzar hacia el norte.

Tomé la carretera que seguía la orilla del lago y serpenteé durante unos cuantos kilómetros parando aquí y allá para hacer fotos y dar paseos cortos por las plazas y calles de los pueblos que atravesaba: Lazise, Bardolino, Garda o Torre di Benaco, todos ellos con mucho encanto, muy turísticos y repletos de gente.

Creo que de esta mañana salieron algunas de las fotos que más me gustan del viaje.

Más fotos del Lago di Garda y alrededores en Flickr.

En general, en ningún momento del viaje planeé demasiado lo que iba a hacer. Ni cuando estaba preparándolo en casa, ni según iba avanzando. Digamos que tenía un plan general y tal cual se iba dando el día… o según echaba un vistazo al mapa al acostarme, así decidía para las horas siguientes.

Cuando llegué a Torri di Benaco (más o menos a la mitad del eje longitudinal del lago), empecé a pensar en qué camino seguir hacia Trento y Bolzano. Tenía dos opciones: la primera era seguir la orilla del lago, terminar de recorrer el valle en el que se aloja y llegar a la orilla norte, donde se encuentra Riva del Garda, para seguir hacia el norte por el valle; la otra era alejarme de la orilla y saltar al valle contiguo buscando algo de acción curvera…

… el problema es que tras la caída del día anterior estaba un poco acojonaete y no me acababa de decidir por subir a las montañas.

En estas estaba, cuando llegué a un antiguo caserón que ahora era un restaurante cuyo aparcamiento estaba llenito de unos preciosos coches antiguos que habían salido de excursión. Paré y me entretuve en verlos salir uno por uno y echar un par de fotos.

Cuando los coches se marcharon, me topé con dos moteros alemanes y nos pusimos a charlar. Me contaron que estaban pasando unos días a la orilla del lago y que cada día subían a las montañas para hacer una ruta diferente. Por lo visto, no era ni mucho menos la primera vez que rondaban por aquella zona y yo diría que ninguno cumplía ya los 45. Cuando les pregunté, me recomendaron que si no me iba a quedar más y viniendo de donde venía y yendo a donde iba, pasara ya de la orilla del lago y atravesara las montañas por la carretera S8 que pasaba por Caprino Veronese y me pondría en el camino hacia Trento.

Así lo hice. Me alejé de la orilla para adentrarme en las montañas, pasando por Caprino Veronese, Spiazzi, Mezzavilla y parando a tomar un bocata en el puerto de Bocca di Navene. La ruta, no tiene desperdicio y ofrece una carretera muy divertida y llenita de curvas (aunque un poco estrecha en ocasiones), con asfalto aceptable y recorrido muy pintoresco.

Empecé con miedo e iba relativamente despacio… a causa de mi caída la tarde anterior. De hecho, llegué a escribir en mi cuaderno “Me da miedo la montaña” en una de mis paradas.

Pero no duró demasiado. Me quedaban demasiados riscos por curvear antes de volver a casa como para echarme a temblar ante la posibilidad de una caída. Ese tipo de pensamientos te paralizan y lo único que hacen es acercarte un poco más a lo que estás temiendo precisamente.

Recuerdo que en un momento de la ruta, dejé pasar a cuatro moteros italianos que iban detrás de mi, bastante más fuerte que yo… y me acoplé a su grupo, justo detrás del último. Eso me obligó a lanzarme un poquito (siempre dentro de mis posibilidades 😉 y pude fijarme en la trazada del que me precedía, que se notaba que tenía mucha experiencia. Al poco de seguirles había recuperado parte de la confianza y me sentía mucho mejor. Rebauticé la S8 como la Superocho y me lo pasé como un enano los siguientes 60 kilómetros.

De hecho, repasando mi cuaderno de notas veo como el día 24 (11 días más tarde) volví a esta página y en un momento de euforia, creyéndome Valentino Rossi, taché la frase “Me da miedo la montaña” y la cambié por un “JA!”

(tontadas que hace uno cuando está solo, aunque eso no es nada comparado con otras idioteces extremas que he acometido)

Dejé atrás el Monte Baldo y con el, uno de los mejores momentos moteros en lo que llevaba de viaje, para recorrer la nacional que serpentea alrededor de la autovía que lleva a Bolzano. Pasado Trento, a medio camino entre Trento y Bolzano, decidí buscar un sitio para dormir. El primer pueblo que encontré fue Salorno y aparentemente no podía haber hecho mejor elección.

Salorno está a entre 20 y 30 kilómetros tanto de Trento como de Bolzano, en mitad de la Strada del Vino dell’Alto Adige (Südtiroler Weinstraße), en la base de un imponente cortado con una preciosa catarata, ¡que se veía desde la ventana de mi habitación de hotel! (Albergue en mitad de la plaza del pueblo, 32 €. Habitación con baño y balcón y desayuno).

Estaba contento y aun me quedaba toda la tarde por delante. Me puse algo un poco más cómodo y me marché a visitar Trento.

Trento, viajar sólo y hacer peoplewatching

Trento es una ciudad muy animada, con mucho ambiente universitario y con un casco antiguo muy pintoresco. Partiendo de la Piazza Duomo, me dedique a pasear (bajo una débil lluvia a ratos) por las callejuelas del centro.

La verdad es que había gente por todos lados y no era para menos, Italia jugaba en la Eurocopa y los bares estaban a reventar de gente viendo el partido en pantallas colocadas en las terrazas para la ocasión.

Después de una larga caminata, estuve cerca de dos horas sentado en una céntrica terraza poniendo al día mis notas y disfrutando de uno de mis pasatiempos favoritos: ver gente pasar.

Mucha gente me pregunta si no me aburro viajando sólo. Podría escribir párrafos y párrafos sobre lo que significa para mi viajar sólo. Por supuesto tiene cosas buenas y cosas malas, pero no, no me aburro viajando sólo. Eso no quiere decir que no disfrute de viajar con amigos, eso también me gusta 😉

Viajar sólo tiene sus cosas malas, por ejemplo:

  • A veces no tienes con quién hablar, evidentemente. Esto, yo que hablo por los codos, pues reconozco que no siempre lo llevo bien. Procuro entablar conversaciones con cualquiera que vea ocioso y muchas muchas veces en albergues y restaurantes acabas tomando una cerveza con los personajes más peculiares.
  • A veces ves cosas que te gustaría compartir, comentar con alguien… Como por ejemplo cuando ves alguna situación cómica y te acuerdas de algún amigo con el que compartes el mismo sentido del humor y piensas -Si estuviera aquí fulanito para partirse el culo conmigo!!
  • En ocasiones, cuando serpenteaba por las montañas, se presentan ante ti paisajes sencillamente sobrecogedores. En esos momentos desearías tener una cámara en los ojos y una memoria infinita en la cabeza, para almacenar esos deliciosos momentos… o al menos la capacidad de poder contarlo con viveza a la gente que te espera.
  • Otra desventaja evidente y eminentemente práctica, es que te las tienes que apañar sólo cuando tienes contratiempos. Esto, dependiendo del tipo de viaje, puede no ser tanto problema y además, curte un poco el espíritu, que nunca viene mal. Pero en un viaje en moto de tantas jornadas (y con mi escasa experiencia) es cierto que no es precisamente inteligente ir sólo. Nunca sabes qué puede pasarte en la carretera. En cualquier caso, yo procuro llamar a casa todos los días y suelo avisar cuando puedo (por correo o sms) a algunos amigos para que sepan por dónde ando.

Viajar sólo también tiene sus cosas buenas, por ejemplo:

  • Ayuda a ganar experiencia. A ver… es cierto que no he cruzado el desierto del Gobi, pero a lo largo de mis viajes he ido pasando mis pequeñas penurias, que poco a poco te hacen romper esa burbuja de seguridad y protección con la que muchos crecemos en nuestra sociedad. Buscarte un poco la vida, aunque sólo sea un poco y por unos días… siempre enseña algo útil.
  • No dependes de otras personas. Suena un poco antisocial, pero así es. A veces se disfruta de la compañía, pero viajando sólo también es cierto que haces lo que te da la gana. Comes cuando tienes hambre, descansas cuando estás cansado y visitas lo que quieres visitar, cuando te viene mejor… así de sencillo.
  • Aprendes idiomas. Al estar obligado a comunicarte, acabas aprendiendo pequeñas expresiones aquí y allá para situaciones comunes. Yo sólo puedo hablar en inglés, aparte de en castellano, pero sin saber muy bien cómo ni cuándo, he aprendido unas pocas frases en francés y algunas palabras en Alemán.
  • Viajar sólo también sirve para conocerse a uno mismo. No quiero sonar pedante ni filosófico, pero sí creo que esto es cierto. En mi opinión, una de las mejores maneras de conocer a alguien es viajar con esa persona. Siempre he pensado (y he comprobado a lo largo de mi vida) que, después de los viajes, las amistades se fortalecen un poco o se descomponen un poco. Así que viajar sólo, viajar con uno mismo, puede servir (al menos para mí es así) para conocerse mejor: conocer tus límites, descubrir que disfrutas de cosas que creías que no te gustarían o enfrentarte a tus propias miserias.
  • Además, estar sólo es ideal para hacer peoplewatching.

Por eso decía, que uno de los motivos por los que no me aburro viajando sólo es porque puedo hacer peoplewatching, que tanto me gusta. Disfruto de la sosegada observación del pasar de la gente. Por esto mismo me gustan los aeropuertos y las estaciones, porque están repletos de gente que está de paso y que no tienen que ver unos con otros.

No es lo mismo que observar una multitud de gente que tiene algo en común, como cuando miras al público de un concierto. Se trata de ver pasar gente que está entre más gente, pero está sola al mismo tiempo… o en un grupo pequeño sin relación con el resto de la gente.

Hasta que descubrí a Desmond Morris, el zoólogo inglés que escribió El Mono Desnudo, pensé que esta manía mía era puro cotilleo y no hablaba demasiado de ella. Pero últimamente la he elevado a la calidad de hobby sano. De hecho, no son pocos los estudiosos del tema que así lo consideran, como un hobby o incluso (aunque no es mi caso) como parte esencial de estudios sociológicos, antropológicos y sicológicos. Yo sencillamente lo encuentro interesante y entretenido.

Algunas fotos de Salorno y Trento en mi cuenta de Flickr.

El policía que parecía Super Mario y el autobus del amor

Para terminar la jornada, dí buena cuenta de una suculenta cena en un Biergarten a la italiana. La mezcla de culturas que se da en el norte de Italia, cerca ya de la frontera con Austria, permite que puedas disfrutar de una deliciosa pizza calzone junto con la mejor cerveza alemana, para terminar con Apfelstrudel acompañado de café expreso: 15 euros.

Ya de noche, pensando que la jornada no podría depararme más sorpresas, me dispuse a recorrer los 30 kilómetros de carretera nacional que me llevarían a Salorno y a mi hotel.

Conducía distraído por la negrura pensando en mis cosas, cuando de la nada, saltó una figura humanoide para plantarse en mitad de la carretera con el brazo en alto. Tardé un par de milésimas de segundo en reaccionar y darme cuenta de que la figura rechoncha y enhiesta en mitad de la calzada a la que me acercaba velozmente, era un policía.

Entonces fue cuando me dí cuenta de que o bien yo iba demasiado rápido o bien el policía había tardado demasiado en aparecer para sorprenderme. Porque no veía forma posible de detener la moto antes del lugar donde se había plantado. Sería parte de las dos cosas, pero el caso es que clavando los frenos lo mejor que pude, seguía acercándome al policía a una velocidad considerable y fue entonces, al comienzo de la frenada, cuando pude ver como un hombrecillo rechoncho con la gorra calada hasta las cejas y un bigote que le daba un aire a Super Mario, daba sus primeros pasos titubeantes y reculantes ante mi ímpetu.

Cuando llegué a su altura no había parado del todo la moto y tuve que hacerle un gesto con la mano para que se apartara… fue ridículo verle dudar entre cuál de los dos lados del camino escoger para echarse a un lado. Pero la imagen siguiente, del policía Super Mario sujetándose con una mano la gorra y con otra la pistola, para salir por patas hacia el arcén… me pareció sublime.

Conseguí detenerme tan sólo unos metros más alante y hasta allí se acercó el policía Super Mario haciéndome aspavientos y despotricando en italiano, visiblemente cabreado por haberle hecho saltar a un lado. Vi también a otro policía, que estaba terminando de hablar con una mujer que habían parado en su coche, algo más joven y menos tenso.

Pensé que me había metido en un problema y que habría hecho saltar algún radar. Lo primero que me preguntó Super Mario al ver la matrícula era si hablaba italiano. Le dije que no, pero que era español, así que podríamos intentar entendernos (capisco ;-). No le gustó la idea y estaba visiblemente molesto. Me preguntó si hablaba alemán, a lo que le respondí que no, enervándole aun más. Finalmente se dirigió a mi en un pésimo inglés, esfuerzo que le agradecí y al que respondí en inglés también. Mientras levantaba el asiento para sacar la documentación de la moto.

No llevo la documentación de la moto en la moto. Lo que llevo son fotocopias compulsadas por la jefatura provincial de tráfico. Para los viajes, llevo los originales junto con el equipaje, pero en ese momento ya había pasado por el hotel y había cogido lo indispensable para pasar la tarde en Trento, así que no llevaba originales. Esto no le gustó ni un pelo a Super Mario, que después de un esteril esfuerzo por seguir hablando inglés, había vuelto a un velocísimo y exhortativo italiano.

Conseguí entenderle que no estaba de acuerdo con que le hubiera presentado cuatro fotocopias cutre salchicheras y por supuesto estaba pasando por alto el sello de la DGT. Por mucho que lo intentaba, no conseguía hacerle entender que las fotocopias estaban compulsadas y no fue hasta que vino el otro agente, más joven y más sosegado que Super Mario se calmó. Este otro, entendía inglés y le conté lo de la compulsa, cogió los papeles y se fue a hablar con Super Mario.

Mientras dilucidaban, yo me ponía en lo peor. Pensaba en una multa potente y un contratiempo para mi viaje. Pero cual fue mi sorpresa cuando los agentes se volvieron hacia mi tras un rato para decirme que estaba todo en orden y que podía seguir la marcha. Envalentonado porque ya parecía evidente que me había librado de una sanción, osé preguntarle a Super Mario si iba demasiado rápido y teniendo en cuenta que había tenido que hacerse a un lado para evitar que le atropellara la verdad es que la respuesta fue sorprendente: me dijo que no me habían parado por ir rápido, sino por circular por mitad del carril llevando una moto.

Me disponía a explicarle que a pesar de lo que dice el código de circulación, resulta más seguro circular por mitad del carril… cuando me dí cuenta de que estaba empezando a tocarle ya un poco las pelotas a Super Mario. Casi gritándome ya y con tono de hastío me dijo que en Italia tenía que circular por el lado derecho del carril, pegadito al arcén… y punto. Era el momento de marcharse.

Al llegar al hotel, estaba reventado y no tardé en caer rendido. La noche en Salorno, aquel minúsculo pueblecito a la falda de las montañas parecía más profunda y silenciosa que en ningún sitio… hasta las 5:40 de la mañana…

Me despertó entonces una música disco a todo trapo, que venía de debajo justo de mi balcón. Me asomé y me asombré al ver un típico autobus rojo estilo Londinense engalanado con luces y adornos discotequeros y una enorme pancarta todo a lo largo que rezaba: The Love Bus.

No recuerdo cuánto tiempo estuvieron allí… ni cuándo se fueron. Sólo sé que volví a la cama y cerré la puerta del balcón y lo siguiente quedó entre Morfeo y yo.

Al día siguiente tendría una de las mejores jornadas moteras del viaje, pero eso os lo contaré en la siguiente entrega 😉

3 Comments

  • Angelica Cruz
    November 1, 2008 - 12:09 am | Permalink

    Esto no lo había leído.
    Me encantó la historia de Super Mario… ja ja ja!!!!
    Un abrazo.

  • triarkadi
    November 2, 2008 - 8:27 am | Permalink

    Como me gusta leer tus experiencias.

    Un abrazo primo,

    Arcadi

  • Anonymous
    November 2, 2008 - 10:24 am | Permalink

    Tio, como comparto tus experiencias. Me parece increible que hayas explicado las ventajas y desventajas de viajar solo tal y como las pienso. Estoy a la espera de la tercera parte.
    Un abrazo

    d@vo

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