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Viajes

En Bicicleta por el Camino de Santiago del Norte

Madrid, Diciembre. Cicloturismamente.

Dos Idiotas se Echan al Monte

El pasado verano mi amigo Carlos y yo nos fuimos a a hacer el camino de Santiago del norte en bicicleta de montaña.

La decisión fue una de esas que se toman rápidamente, como para cortar por lo sano con una rutina veraniega que al menos para mi, no estaba siendo demasiado productiva. Hacía tres semanas que había comprado una bicicleta de montaña con la intención de hacer un deporte nuevo. Había salido un par de veces para acostumbrarme al equipo. Hacía años que no montaba en bici y nunca había llevado pedales automáticos antes. Así que todavía estaba dando pequeños paseos para ir acostumbrándome a mi nuevo entretenimiento, cuando Carlos sacando la idea casi de la nada, me propuso hacer el camino de Santiago en bici.

Carlos había comprado su bici mucho antes que yo, pero también se le podía considerar algo novato en ciertos aspectos. Hasta donde yo sé, el uso que había hecho de su bici había sido siempre deportivo. Salidas cortas alrededor de donde vivimos y casi siempre en solitario. Además cuando me lo propuso, él tampoco había madurado todavía la idea del viaje por el camino de Santiago mucho más allá de mirar un par de páginas web. En este punto, no teníamos ni idea de en qué nos estábamos metiendo. Pero Carlos tenía dos semanas de vacaciones que aprovechar de alguna manera y yo llevando un tiempo sin trabajar, necesitaba salir un poco y cambiar de aires.

No teníamos tiempo que perder. La preparación debía de ser rápida y ninguno de los dos tenía ni idea de cómo se viaja en bici. Pronto encontramos varios recursos en Internet que fueron de gran ayuda para situarnos un poco. Especialmente interesantes la web del Bicigrino y la de Rodadas, un manual práctico para viajeros en bicicleta con infinidad de información para novatos. Así que un par de noches quemándose las pestañas delante del ordenador y un par de visitas a tiendas de ciclismo y estábamos listos para salir, con las alforjas repletas de ignorancia ciclista, escasísima preparación física y mucho buen humor.

Bicis

Bicis al tren, estación de Atocha

El Camino del Norte

El Camino de Santiago es una ruta que siguen peregrinos procedentes de todo el mundo para llegar a la ciudad de Santiago de Compostela. Bien sea a pie, a caballo, en bicicleta o en silla de ruedas. Existen infinidad de variantes y ramificaciones por toda Europa pero una vez dentro de la Península Ibérica, las principales alternativas por afluencia de peregrinos son: El Camino Francés, que pasa por Burgos y León atravesando las llanuras castellanas; El Camino Portugués, que llega a Santiago desde el Algarve por nuestro vecino luso; El Camino del Norte, que recorre la accidentada costa cantábrica (y es la variante que hemos recorrido nosotros) y La Vía de la Plata, desde Sevilla y atravesando Extremadura.

Los orígenes de la peregrinación no son claros. Pero parece ser que es a partir del siglo VIII que se extiende la leyenda de que los restos de Santiago el apóstol descansan en el lugar. Desde entonces, la ruta se ha ido afianzando hasta convertirse en uno de los principales puntos de peregrinación cristiana, ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y en año Xacobeo es capaz de inyectar el equivalente a 250 millones de euros al PIB gallego.

No será plato de gusto para los puristas de las motivaciones originales de la peregrinación. Pero es imposible obviar el hecho de que el Camino de Santiago es en la actualidad uno de los recursos turísticos más potentes de España. Durante el mes de agosto, cuando nosotros completamos la peregrinación, la oficina de peregrinaciones en Santiago contabilizó 60.327 peregrinos. De los cuales, uno de cada diez lo hizo en bicicleta y uno de cada cuatro era extranjero, el 40% recorrió el camino por motivos culturales y el 100% gastó dinero a su paso 😛

Nosotros escogimos el Camino del Norte (o de la costa) por varios motivos. Principalmente nos atraía la idea de recorrer una variante menos transitada. En pleno verano y en año Xacobeo resulta fácil tener problemas para encontrar alojamiento. La costa cantábrica es un sitio precioso para veranear. Retiene cierto frescor aunque sea en verano, alejándote durante unos días del agobiante calor del centro y sur de España y ofrece una oportunidad única de explorar El País Vasco, Cantabria, Asturias y Galicia a ritmo de pedal. Transita por preciosos paisajes y se mantiene durante jornadas a la orilla del mar, pasando por preciosos enclaves turísticos del litoral como: San Sebastián, Castro Urdiales, Santander, Comillas o Gijón.

Es cierto que la variante del Camino de la Costa, resulta más exigente que otras si se hace en bicicleta, porque muchas de las etapas que hicimos transcurren por terreno muy montañoso. Especialmente en el País Vasco y Asturias. A dos cicloturistas novatos como nosotros nos vino muy bien para espabilar, para aprender a medir nuestras fuerzas, aprender a calcular distancias y esfuerzos y en general para ponernos en forma.

Irun

Vistas de Irún desde la Ermita de Santa Elena.

Las Etapas e Hitos principales

Día 0: Villaviciosa de Odón – tren – Irún, 15 km (etapa prólogo)

Todo listo para salir. La tarde antes Carlos y yo habíamos estado repasando las bicicletas e instalando los últimos accesorios. Las alforjas medio vacías. La ropa y enseres indispensables. El peso resulta una importante restricción cuando vas a hacer casi 900 kilómetros monte arriba monte abajo en bicicleta. Empezamos a rodar desde la puerta misma de nuestra casa y nos acercamos a la estación de trenes de El Soto, en Móstoles. De ahí a Atocha y de ahí a Irún.

Ya en el tren, tuvimos la oportunidad de coincidir con más cicloturistas y empezar a sentirnos fuera de la rutina, fuera de casa. Por fin en ruta. Esa misma noche llegamos a Irún e hicimos poco más que cenar, relajarnos y dormir en el Albergue Martindozenea, económico y limpio. Al día siguiente saldríamos por fin con todo el camino por delante.

Día 1: Irun – Zumaia, 70 km

Al ser el primer día, nos sirvió para curarnos de espanto de todo lo que vendría después. Todavía no habíamos terminado de subir las primeras rampas saliendo de Irún hacia la Ermita de Santa Elena y ya nos habíamos caído mil veces, nos dolía todo el cuerpo y nos estábamos dando cuenta de lo novatos que éramos y lo duros que serían algunos caminos. Cuesta arriba y pedregosos.

Subimos y bajamos montes, acercándonos de vez en cuando a la costa. Cruzamos la ría del Oyarzun por Pasajes de San Pedro, una preciosa localidad costera. Recorrimos San Sebastián a lo largo de la Bahía de la Concha. Subiendo el Monte Igueldo de camino a Zarauz, nos encontramos con Oscar y su novia. Una pareja de Madrid que habíamos conocido el día anterior en el tren y también hacían el viaje en bici. Habían llegado con nosotros a Irún, pero decidieron no hacer noche allí, sino avanzar unos cuantos kilómetros y dormir al raso. Nosotros estábamos con la boca abierta mientras nos los contaban. Sin duda se notaba que eran mucho más expertos que nosotros, sobre todo Oscar. Aunque volvimos a vernos más adelante y el pollo siempre parecía molesto porque cada vez que se despistaban los alcanzábamos 😛

Resulta curioso ver como en este tipo de viajes, uno aprende rápido. A pesar de ser la primera jornada, ya tenía la sensación de llevar fuera de casa un mes entero. Estaba aprendiendo pequeños trucos de ciclista y me veía más suelto con los pedales automáticos. En lo sucesivo, a pesar de unos primeros días realmente duros, pude comprobar como mi cuerpo se adaptaba al ejercicio y cada vez lo acusaba menos. Porque el mismo camino te va entrenando 😉

Después de mucho sufrir, por fin llegamos a Zumaia. Un total de 70 kilómetros para empezar, que nos dejó hechos polvo. Pero eso no era más que el principio. Esa primera noche conseguimos plaza en un albergue de peregrinos (sería la única ocasión). Un precio irrisorio (8 euros) por dormir en un precioso convento reformado en mitad del casco antiguo. En el albergue pudimos conocer a un par de ciclistas de Irún que habían hecho el Camino de la Plata hasta Santiago y ahora volvían desde Santiago a Irún en camino inverso al que llevábamos nosotros. La verdad es que nos resultó impresionante su relato y nos hicieron mucho incapié en lo duro que sería la etapa del día siguiente ¡Así que no tardamos mucho en irnos a la cama!

Pasajes de San Pedro

Pasajes de San Pedro

Día 2: Zumaia – Guernika, 62 km

La segunda jornada, fue sin duda una de las más duras (si no la más dura) de todo el viaje. El terreno en la salida de Zumaia y los alrededores de Deba es sencillamente demencial para el ciclista. Hay montes muy cerca del mar, que alcanzan los 800 y 900 metros y prácticamente todos los kilómetros que recorrimos fueron cuesta arriba o cuesta abajo.

La recompensa por el esfuerzo estuvo siempre en lo maravilloso de los paisajes y lo entrañable del recorrido. Nos veíamos continuamente rodeados por el verdor de los montes vascos, preciosos caseríos tradicionales y gente encantadora. En Deba, pasamos a comprar algo de comer a un pequeño supermercado y acabamos charlando un buen rato con un par de jubilados del pueblo, que nos dieron un montón de consejos sobre el camino para ese día. Cuando estábamos a punto de salir del pueblo encontramos a Javi, un hombre cerca de los cuarenta años, alto y fuerte, parado con el coche en una durísima rampa-muro de hormigón. Al vernos sufrir se compadeció y nos saludó. Nos tomamos un descanso y estuvimos hablando con él casi una hora también. Era autóctono del lugar y había hecho mucho ciclismo por allí. Nos dio infinidad de consejos y fue amabilísimo con nosotros.

Especialmente dura fue la ascensión al monte Arno, que nos obligó a bajarnos a empujar la bici durante algo más de un par de kilómetros. Además, hay que contar con que el día anterior había sido de arranque y bastante duro también. Cuando hubimos superado una de las tachuelas más importantes del camino, llegamos al pueblo de Markina. Donde nos reunimos con grupos de ciclistas que descansaban allí y otros que nos alcanzaban por detrás. Nos fuimos reuniendo en una pequeña plaza con soportales y comimos todos juntos intercambiando anécdotas, entre nosotros y con los mayores del pueblo, que andaban echando la tarde por allí. Al rato de estar allí, apareció una señora mayor con una bolsa de fruta y un queso y se lió a repartir comida a todo el que pasara por allí con dos ruedas. Nos decía que necesitábamos comer que aquellos montes eran muy duros 🙂

Al llegar a Gernika, bastante tarde ya, estábamos sencillamente destrozados. Pero con una sensación de jornada épica que llenaba el alma. Lo único que pudimos hacer fue darnos una ducha y salir a por una buena cena, que nos habíamos ganado.

Monte Arno

Las Pedregosas Rampas camino del Monte Arno

Día 3: Guernika – Castro Urdiales, 95 km

En la tercera etapa, recorreríamos una larga distancia, para dejar atrás finalmente El País Vasco y entrar en Cantabria por Castro Urdiales. Antes de llegar a la animada y turística villa cántabra, todavía habríamos de atravesar algunas de las zonas menos atractivas del viaje, por el cinturón industrial de Bilbao.

La salida de Zumaia, todavía tenía ese encanto rural y la dureza de los caminos vecinales de hormigón entre montes, con desniveles bastante potentes. En un momento dado, nos paramos un momento en una rotonda para mirar el mapa y apareció de la nada otro bicigrino bastante peculiar. Con movimientos rápidos y ademanes eléctricos y en un español italianizado nos preguntó por dónde seguía el camino. Era italiano y muy joven. Debía pesar unos 55 kilos, era una raspa. Estaba negro por el sol y sin duda estaba haciendo un viaje low-cost. Llevaba una mochila y unas zapatillas de correr. Una radio atada al manillar de su vieja bici de carretera y un crucifijo. Sin darnos tiempo a que le explicáramos (que nosotros también estábamos algo desorientados), se impacientó y se dio la vuelta. Sin bajarse de la bici le dio el alto a un coche que casi lo atropella. Le preguntó al conductor y antes de que este terminara de hablar, salió como un cohete carretera arriba.

A medida que nos acercábamos a Bilbao, el paisaje iba perdiendo encanto y para cuando estuvimos recorriendo la carretera de la ría, ya estábamos inmersos en pleno cinturón industrial. Cruzamos la ría del Nervión por el antiguo puente que une Las Arenas con Portugalete, el puente de Vizcaya. Una curiosa construcción de metal de la que se suspende una barcaza que cruza de una orilla a otra. Allí coincidimos con un grupo de ciclistas de Madrid que habíamos conocido el día anterior y comentando la jornada nos hablaron de que habían visto un peregrino italiano en bicicleta que parecía que iba puesto de coca.

Era un sábado y tras dejar atrás Portugalete, cruzamos la playa de la Arena cerca de Pobeña, empujando las bicis ante la mirada de incomprensión de los bañistas de fin de semana. La verdad es que la playa no nos gustó demasiado. Estaba abarrotada de gente y no precisamente muy limpia. Se hacía tarde y la mayoría de los bicigrinos pasarían la noche en Pobeña. Nosotros decidimos jugárnosla y seguir hasta Castro Urdiales, por intentar dormir en un sitio con más encanto.

Conseguir alojamiento en Castro Urdiales fue complicado y caro. Pero mereció la pena porque acabamos en el hotel Miramar, en la mismísima playa de Brazomar. Literalmente en la arena. Aunque está teniendo problemas por la nueva ley de costas, no hay que negar que es un hotel con mucho encanto. Se nos hizo de noche dándonos un baño en el mar y después salimos a cenar y a dar un paseo por la animadísima noche de sábado. Encontramos varios bicigrinos que habíamos ido conociendo en jornadas anteriores e intercambiamos experiencias hasta que nos dispersamos a nuestros respectivos alojamientos.

Playa de la Arena

Cruzando la Playa de La Arena, camino de Pobeña

Día 4: Castro Urdiales – Santander, 90 km

La jornada entre Castro Urdiales y Santander representaba todo un cambio de aires en el camino. Habíamos cambiado los bosques y montes vascos por las playas cántabras y también los desniveles eran mucho menores. En nuestro camino hasta Santander, cruzaríamos la Ría de Santoña desde Laredo y la ría de Santander desde Somo en sendas barcas. Esto, unido a la larga distancia y el cambio de paisaje y el clima cambiante, con nuestras primeras lluvias, le daba a la jornada una sensación de día interminable en el que pasaron un millón de cosas distintas.

Pero la verdad es que no pasó mucho más que pedales y más pedales.

Una etapa para rodar y pensar. Para darse cuenta después de unos cuantos kilómetros entre pecho y espalda de que si se quiere se puede y que al fin y al cabo viajar en bici no es tan duro. Una etapa para comprobar como el paso del tiempo es diferente cuando se está de viaje y cuatro días parecen una eternidad.

Llegamos a la preciosa ciudad de Santander, de la que guardo algunos bonitos recuerdos de infancia y bajo una intensa lluvia y entre un intenso tráfico… buscamos una pequeña pensión en la que meter las bicis y a nosotros por una noche. Salimos a cenar y a dar un paseo.

Mientras estuvimos en Cantabria, todas las noches comíamos un helado en la cadena de heladerías Regma. Son unos helados buenísimos, artesanos y en mitad del verano se forman colas para comprar. Había días que comíamos uno después de comer y otro después de cenar y lo curioso es que a medida que avanzábamos de oeste a este, siempre nos salía un poco más barato. Hasta el punto en que hacíamos la coña de que si la cadena existiera en Asturias, tendrían que regalarlos 😛

Descanso Ciclista

Carlos descansa en el gasolino mientras cruza la ría de Santoña

Día 5: Santander – Comillas, 56 km

Amanecimos en Santander y aprovechamos que estábamos en una ciudad grande para hacer algunas gestiones. Carlos había traído demasiado peso en las alforjas y nos fuimos a correos, para enviar algo de ropa de vuelta a casa. Mientras esperaba a que saliera de la oficina, miraba la gente ir y venir y vi pasar a toda velocidad al bicigrino italiano con su inconfundible bicicleta de carretera y su inagotable energía.

También aprovechamos para pasar por una tienda de bicis y comprar algunos recambios y un par de timbres para avisar a los peregrinos que nos encontrábamos yendo a pie.

El recorrido no fue demasiado duro, ni largo. Pero durante gran parte del día nos estuvo lloviendo. Hasta el final de la tarde. Salir de Santander fue complicado con el agua y los coches y además nos perdimos cerca de Mogro y tuvimos que dar la vuelta y desandar unos cuantos kilómetros.

Dejamos las carreteras buscando los caminos vecinales más tranquilos y con menos tráfico. Pero no se nos calentaba el ánimo este día. Era gris, estábamos mojados y el paisaje no acompañaba. Tampoco encontrábamos mucha gente y la verdad es que acusábamos el cansancio acumulado. Así que nos lo tomamos con calma e hicimos una parada para comer en un restaurante de pueblo que resultó perfecta. Nos apretamos un cocido montañés entre pecho y espalda y pusimos nuestros calcetines y guantes a secar mientras tomábamos el postre viendo un partido de volley playa femenino en la tele del local y comentando las jugadas con el camarero.

Para cuando quisimos reanudar la marcha, la cosa del ánimo había mejorado notablemente 🙂

A media tarde dejó de llover y salió el sol. Justo cuando llegábamos a Santillana del Mar, preciosa localidad con un casco antiguo verdaderamente bonito. Donde parece que el tiempo se ha detenido en el medioevo.

El resto de la tarde, fue coser y cantar hasta llegar llenos de barro a Comillas. Municipio costero con mucho encanto donde yo había pasado varios veranos en mi adolescencia. Así que fue todo un reencuentro para mi, con antiguos rincones y muchas anécdotas que contarle a Carlos durante la cena y el manguerazo nocturno a nuestras monturas 😉

Calles Empedradas

Calles empedradas en Santillana del Mar

Día 6: Comillas – Cue, 46 km

Amanecía un día precioso, soleado y teníamos por delante una etapa sencilla por la costa hacia Llanes, aunque finalmente dormiríamos en Cue, un pequeño pueblo en una zona de acantilados cerca de Llanes y en el que Carlos había pasado algunos veranos de niño. Salíamos de mi antiguo lugar de veraneo, para acabar en el antiguo lugar de veraneo de Carlos 🙂 Salíamos también de Cantabria, para llegar Asturias.

La ruta era fácil, íbamos encontrando más bicigrinos por el camino y a media mañana llegábamos a San Vicente de la Barquera. Donde a pesar de tener que subir unas cuantas rampas duras, tuvimos la oportunidad de apreciar unas vistas preciosas de cielos soleados salpicados de nubes y verdes montes rodeados por los brazos de mar que se adentran en las tierras del norte.

A la hora de la comida el cielo se fue cerrando y parecía que el tiempo iba a volver a darnos lluvia y una luz entristecida, pero aguantó bastante bien y acabamos el día presentando unas preocupantes marcas del sol allí donde nuestra piel había estado expuesta.

En una de las rampas del camino, por una carretera asfaltada, antes de nuestra parada para comer, nos pusimos a rueda de un bicigrino que iba delante de nosotros. Era atlético e iba muy preparado. Daba la sensación de que subía la dura cuesta con un facilidad pasmosa y estuvimos hablando con él un buen rato. Se llamaba Jordi y era catalán. Había hecho la transpirenaica antes de continuar con el Camino de Santiago del Norte por el mismo trayecto que seguíamos nosotros. Así que llevaba ya en sus piernas unos 1000 y pico kilómetros de montaña cuando le encontramos. Iba más fresco que una lechuga y tenía planes para volverse también en bicicleta a casa. Alucinante. Resultó un tipo encantador, modesto a pesar de su proeza y nos dio buenos consejos.

El final de la ruta hasta Cue, fue sencillamente espectacular. El camino transcurre por la ruta ciclo-costera de Llanes. Una senda diseñada con la bici de recreo en mente, que sin grandes desniveles atraviesa bosques y pueblecitos con encanto acercándose al mar y a los acantilados asturianos de cuando en cuando. Totalmente recomendable y sin duda uno de los tramos más bonitos del todo el viaje.

Al llegar a Cue, el antiguo pueblo de recreo veraniego de Carlos, nos enamoramos de un pequeño hotelito en un prado al lado del acantilado y en el camino que baja a la playa de pueblo y allí nos quedamos a pasar la noche. Dejamos que la camarera eligiera la cena por nosotros y por fin nos fuimos a la cama agotados por el cansancio acumulado.

San Vicente de la Barquera

Preparando la ruta de bajada a San Vicente de la Barquera

Día 7: Cue – Cue, 0 km

Amanecimos en Cue con pocas ganas de madrugar. Nos costó ponernos manos a la obra para recoger. Estábamos cansados. Al mover una de las bicis, nos dimos cuenta de que había perdido aire y al cambiar la cámara, cuando estábamos hinchando la nueva, esta también se rompió. Estaba claro que ese día no estábamos muy finos. Lo estuvimos pensando bien y calculando cuántos días libres nos quedaban para llegar a Santiago y decidimos que ese día no íbamos a coger las bicis.

El hotel era precioso y estaba situado a escasos metros de la pequeña playa que el pueblo tenía escondida entre las rocas. La cena de la noche anterior había sido excelente y teníamos curiosidad por ver cómo sería la comida. Así que nos quitamos la ropa de ciclistas, cogimos el bañador y pasamos la mañana en la playa.

Por la tarde estuvimos descansando primero y dando un paseo por el pueblo después. Encontramos un cachorro encadenado al lado de su caseta en la puerta de una casa. Era precioso y muy juguetón. Tenía un pequeño muñeco rosa de goma que mordisqueaba y babeaba continuamente. Cuando le prestabas atención te ponía el muñeco delante y cuando lo ibas a coger, se adelantaba él y no te dejaba. Quería jugar a que le quitaras el muñeco pero tenía que ganar siempre.

Más tarde, mientras estábamos cenando en un chiringuito, vimos pasar a una niña pequeña con el muñeco del perro en la boca. Se ve que en un despiste de los padres, la niña había conseguido arrebatárselo al perro y ahora era ella la que lo llevaba en la boca y no había manera de quitárselo 😛

Playa de Cue

Playa de Cue

Día 8: Cue – Villaviciosa, 69 km

Al día siguiente sí que salimos de Cue finalmente. Después de un día entero de descanso y con los músculos un poco más relajados y acostumbrados ya, después de tantos días, al ejercicio intenso al que los estábamos sometiendo, cubrimos la distancia hasta Villaviciosa con cierta facilidad. Aunque en las inmediaciones de Ribadesella, en caminos vecinales asfaltados, pasamos un par de momentos difíciles al perdernos en una zona con bastantes desniveles donde hicimos más subidas de las necesarias. La dureza de los montes del litoral Asturiano en esta zona, recordaba un poco a las primeras etapas en el País Vasco.

Esta jornada y algunas de las que seguirían, empezamos a acusar los inconvenientes típicos del verano en zonas de mucho turismo. El día anterior había tenido lugar el famoso descenso del Sella, una multitudinaria fiesta en torno a una carrera de canoas en el río, y en bastantes kilómetros a la redonda de Ribadesella era complicado encontrar alojamientos o incluso que nos dieran de comer.

La que oficialmente se ganó el título a la rampa más dura que subimos a pedales, sin bajarnos de la bici, la encontramos en esta etapa, cerca de Ribadesella, por donde anduvimos perdidos. Pero una vez arriba pudimos sacar la foto que hay un poco más abajo.

Lo mejor de la jornada una vez más, los paisajes. También la llegada a Villaviciosa por la N-632 que acumula la bajada más larga del viaje con casi 11 kilómetros de asfalto cuesta abajo que llegaban como agua de mayo en el final de la jornada.

Una vez en Villaviciosa tuvimos serios problemas para encontrar alojamiento, pero un par de kilómetros a las afueras del pueblo tuvimos la suerte de dar con la pequeña casa rural de Angel y Mariluz, El Puente de Amandi. Un precioso alojamiento rural regentado por una pareja de viejecitos entrañables con un precio muy ajustado y habitaciones limpias y modernas y un desayuno buenísimo.

Vistas Asturianas

Vistas desde los montes aledaños a Ribadesella

Día 9: Villaviciosa – Soto de Luiña, 102 km

Salimos de Villaviciosa con las pilas recargadas gracias a la hospitalidad de Angel y Mari Luz. Pasar la noche en su casa rural había sido como ir de visita a ver a los abuelos.

El camino en la novena jornada nos llevaría a través, de Gijón y su precioso paseo marítimo. Pero antes habríamos de lidiar con dos verdaderas tachuelas: el Puerto de la Cruz y el Alto del Peón. Dos pequeños retos para unas piernas que llevaban ya mucha tralla. Al llegar a lo alto del Peón charlamos con un ciclista local que nos animaba diciéndonos que desde ahí hasta Gijón, era prácticamente todo bajada y tenía razón.

Ambos habíamos estado recientemente (además juntos) en Gijón, así que decidimos no entretenernos demasiado y seguir hacia Avilés y Muros, para terminar el día en Soto de Luiña.

Al pasar por Gijón, la guía del camino que teníamos, se me cayó del transportín de la bici. Para cuando nos dimos cuenta ya era demasiado tarde para darse la vuelta. Así que decidimos olvidarla. En cualquier caso el camino está estupendamente señalizado por donde quiera que vayas y la gente de los lugares por donde pasa lo conoce y siempre te puede orientar. Las señales del camino suelen ser flechas pintadas con pintura amarilla en piedras, mojones, postes… etc. Aparte de las señales oficiales, en forma de concha en los mojones y en señales de tráfico. Cada vez que no sabíamos por donde seguir, mirábamos un poco y de repente encontrábamos una flecha amarilla. Daba la sensación de que un pequeño duende nos seguía con un bote de pintura y cuando nos veía dudar salía sin que le viéramos para pintar una flecha nueva.

Este era el primero de tres días seguidos en los que prácticamente sería todo asfalto siguiendo la antigua carretera nacional. Hay un tramo cortado al tráfico porque la carretera se hundió. Nosotros solo sabíamos que estaba cortado, pero aun así pasamos con la bici y menos mal, porque nos ahorramos un buen trecho.

Conseguimos alojamiento en Soto de Luiña. Se iba notando que a medida que nos acercábamos a Santiago había más peregrinos y más gente en general, así que tuvimos que conformarnos con un hotel un poco más caro de lo que hubiéramos deseado, pero estaba bastante bien. La jornada había sido larga y no pusimos pegas.

Carretera Rota

La N634 cerca de Soto de Luiña tenía algunos problemillas en el firme

Día 10: Soto de Luiña – Ribadeo, 107 km

Una vez más, comenzábamos la que sería una jornada de asfalto por la carretera nacional. Amanecimos especialmente cansados por los más de 100 kilómetros del día anterior. Pero ese mismo día, superaríamos de nuevo los 100 kilómetros de ruta.

A media mañana nos alcanzaba Antonio, un jubilado de 68 años que hacía su tercer camino de Santiago en bici y este lo estaba haciendo en solitario. Nos unimos a él y juntos recorrimos el trayecto hasta Ribadeo. La etapa apenas tenía desnivel y era larga y por carretera secundaria, así que los tres disfrutamos de buena cháchara sin demasiado esfuerzo mientras dejábamos atrás poblaciones como Cadavedo, o Luarca, donde paramos a tomar un pincho de tortilla épico.

Antonio era pura sabiduría ciclista y nos dio un montón de buenos consejos para nuestras futuras aventuras sobre ruedas. Además de ser una compañía agradabilísima y entrañable.

Cuando llegamos a la ría del río Ribambo en Ribadeo, nos encontramos con que se estaba celebrando una procesión marítima en honor a la virgen y la zona estaba en fiestas. Por supuesto, esto unido a que era pleno agosto ya, hizo que fuera casi imposible encontrar alojamiento en Ribadeo y por eso acabamos en una casa rural un poco más lejos, un poco más cara y un poco más tarde de lo que hubiéramos deseado. Para variar. Pero hay que reconocer que el sitio era muy bueno. Vila Pomar se llamaba. Sita a 8 kilómetros de Ribadeo, en lo alto de un monte (por supuesto, no vaya a ser que descansáramos después de la paliza que llevábamos encima), con un trato muy agradable y familiar y una cocina tradicional contundente y sabrosa.

Antonio

Antonio, 68 años. Su tercer camino de Santiago en bici.

Día 11: Ribadeo – Vilalba, 76 km

Ya en tierras Gallegas, la jornada 11 transcurre por el antiguo trazado de la carretera nacional. Así que una vez más rodaríamos por asfalto. Pero en una estrecha carretera sin apenas tráfico y atravesando pequeños pueblos entre montes gallegos. El ambiente rural, se veía invadido por peregrinos a pie y en bici, que cada vez eran más numerosos a medida que nos acercábamos a Santiago.

Curiosamente esta fue la jornada en la que más dudamos respecto al camino desde que perdimos la guía, a pesar de que veíamos muchos peregrinos. Empezamos la mañana entre la niebla y con el cielo algo gris. A medida que el día avanzaba, el tiempo mejoraba también y la cercanía de la ciudad de Santiago nos levantaba el ánimo. Para cuando pudimos visitar la impresionante Catedral de Mondoñedo, ya nos hacíamos a la idea de que nuestra aventura estaba cerca de terminar.

En el camino tuvimos la oportunidad de hablar con muchos peregrinos. Al acercarnos a Santiago, el camino se iba viendo más poblado por gente de todo tipo. Hablamos con una pareja de americanos que iban a pie, con un grupo de chicas de Jaén que estaban descansando al borde del camino y vimos mucha gente de Europa del este que hacía el camino también, aunque no creo yo que desde sus lugares de origen…

En cualquier caso, el ambiente peregrino era latente y para cuando llegamos a Vilalba, por supuesto no había sitio en el albergue 😉

Los albergues que se reparten por el camino suelen ser mantenidos altruistamente por voluntarios y parroquias. Por regla general están limpios y ofrecen servicios básicos por muy poco dinero o por un pequeño donativo. En el Camino del Norte, al ser menos transitado, la verdad que no hay muchos. Cuando llegas a un albergue en bicicleta tienes que contar con que hasta las ocho de la tarde, los peregrinos que van a pie tienen preferencia para obtener plaza. Si a eso le unes que en agosto y en año santo la afluencia es mucho mayor, pues el resultado es que nosotros hemos dormido en hostales y hotelitos la mayor parte de las veces. Aunque es bastante más caro, no ha sido un viaje excesivamente costoso. Los precios son justos y el servicio en la mayor parte de los sitios fue excelente.

Como se suele decir en el camino, el peregrino agradece y el turista exige y esa noche nosotros dormimos en una pequeña pensión en el centro del pueblo.

Pedales en la Bruma

Pedaleando por los montes gallegos, camino de Santiago

Día 12: Vilalba – Sobrado dos Monxes, 61

Nuestra penúltima jornada hasta Sobrado dos Monxes empezaba ya a ser más parecido a una romería que a la solitaria peregrinación en pareja que habíamos llevado a ratos en alguna de las jornadas anteriores. Rodábamos por caminos al lado de la carretera, sin mucho desnivel y con algo de entrenamiento ya en nuestras piernas. Por lo que la épica del reto deportivo ya no era tal, así que circulábamos sin esfuerzo serpenteando entre los peregrinos a pie avisándoles a golpe de timbre.

Fue entonces cuando empezamos a ver (o a fijarnos en) un nuevo tipo de peregrino que no habíamos visto hasta entonces. Los días atrás, habíamos visto bicigrinos, peregrinos jóvenes y viejos, creyentes y no tan creyentes, en grupo, en solitario, esforzados, extranjeros, místicos… de todo tipo. Pero ahora veíamos al peregrino dominguero también. Había muchos, miles. Caminaban de aquí para allá, cojeando a causa de sus ampollas de dos días. Estábamos a poco más de 100 kilómetros de Santiago y esa es la distancia mínima que se ha de recorrer andando si se quiere obtener la Compostela que acredita que se ha completado la peregrinación. Si se hace a caballo o en bicicleta, se requieren 200 kilómetros como mínimo. Nosotros en este punto llevábamos casi 800.

Por primera vez, veíamos peregrinos vagos 😛

Cuando por fin llegamos a Sobrado dos Monxes, conseguimos una habitación en un hotelito y fuimos a visitar el monasterio que hacía las veces de albergue para peregrinos también. La luz del atardecer embellecía la imponente construcción y bañaba las torres en oro.

Monasterio

Monasterio de Sobrado dos Monxes

Día 13: Sobrado dos Monxes – Santiago, 62

Recorrimos los últimos kilómetros de nuestra aventura en una verdadera riada de peregrinos caminantes y ciclistas hacia el punto final del camino, la Plaza del Obradoiro en Santiago de Compostela.

A mi me invadía una mezcla de sensaciones. Por un lado estaba contento, habíamos conseguido nuestro objetivo, estábamos llegando a la plaza. Habíamos sido capaces de vencer el cansancio y el reto físico de montar en bicicleta tantos kilómetros sin experiencia previa y sin entrenamiento. Estaba feliz por eso. Por eso y porque habíamos tenido suerte. Ningún problema, ni caídas serias, ni siquiera problemas mecánicos. Habíamos disfrutado mucho, conocido gente y lugares…

Pero por otro lado, sentí algo de agobio al verme entre tanta gente. De repente me sentí un turista más en mitad de una gran feria. Los pequeños rincones que habíamos encontrado pedaleando, las maravillosas vistas que habíamos inmortalizado en la memoria tras subir un monte a golpe de músculo, quedaban ya atrás. Ahora mismo eramos un par de pringados haciendo cola para que nos dieran la Compostela.

Nada más alcanzar la Plaza del Obradoiro nos asaltaron varios comerciales de empresas de mensajería ofreciéndose a enviar nuestras bicis a casa. No queríamos escucharles, queríamos volver pedaleando hasta la puerta de casa, como hicimos a la salida. Subir las bicis al tren y llegar a Madrid con ellas. Pero tuvimos que ceder, porque era imposible conseguir plazas en los pocos trenes que podían transportar bicis.

Obradoiro

Llegada a la plaza del Obradoiro!!

La Vuelta a Casa

Tras embalar nuestras bicis en el muelle de carga de Seur, en un polígono del extrarradio, nos dejaron ducharnos en las oficinas y un empleado nos acercó amablemente a la estación de trenes. No pasamos siquiera una noche en Santiago. Era un hervidero de gente y peregrinos, turistas y camareros a pie de calle invitándote a su restaurante.

No era todo eso lo que nos había llevado hasta allí. No no nos importaba no visitar la ciudad, no nos importaba no pasar tiempo allí descansando. Habíamos obtenido el descanso en el camino, en las jornadas de lucha con nosotros mismos, en la convivencia entre amigos. Ahí habíamos obtenido el enriquecimiento y el provecho del viaje. El poder hacerlo, toda una enseñanza, el poder compartirlo toda una suerte. Formar marcialmente en un ejército de visitantes en Santiago, no iba a aportar nada más a nuestra experiencia. Así que esa misma noche cogimos un tren-cama y volvimos a Madrid justo a tiempo para recibir nuestras bicis en casa y planear nuestra próxima salida 🙂


Fotos, todas con el móvil, un Nexus One. No llevamos cámara porque cada gramo cuenta 😉

Motos Varios

El Viento en Moto: experiencias y consejos

Yo pensaba que el Mistral (primo del Cierzo) en el sur de Francia me había servido para curtirme en eso de montar en moto con viento… ¡Hasta que llegué a la Patagonia! Donde lo del viento cobra sin duda otra dimensión.


Patagonian Wind, originally uploaded by Teosaurio.

En algunas de las carreteras del sur de Chile y Argentina, los moteros sencillamente viven inclinados. En la hostería de Cerro Sombrero, cerca del Estrecho de Magallanes, en la Tierra del Fuego chilena, Jaime, mecánico de Motoaventura me contaba como había visto caer un grupo entero de 11 motos una detrás de la otra, en parado (ktm 990 adventure y bmw r1200gs y f800gs). Sin poder hacer nada.

Más tarde en el paso de Las Llaves, bordeando el Lago General Carrera, en la Carretera Austral, pude experimentar rachas tan fuertes que no dejaban avanzar la moto por el tortuoso camino de grava. Lo pasé realmente mal en un momento dado en que me quedé parado sujetando la moto sin poder avanzar y sin poder bajarme. Tan solo subido en la moto, sujetándola e intentando no irme al suelo mientras pasaba la ráfaga.

Allí los árboles crecen derramados en la dirección del viento:

Wind Grown Trees
Patagonian Wind, originally uploaded by Teosaurio.

Así que desde mi humilde experiencia, aquí van algunos consejos para montar en moto con viento:

  • No la vendas. Sí, la moto es especialmente sensible al viento. Sí, es una gaita. Pero ¡claro! ¡Es una moto! No creo que pensaras en venderla el primer día que lloviera 😉
  • Hay que coger confianza. Sentir como normales los vaivenes y no tener miedo. Es cierto que puedes perder “un poco” de control, pero verás que la experiencia y los kilómetros te darán confianza para que esa sensación no sea tan intimidante. Confía en ti y en la moto. Que no vas a salir volando.
  • Hay que distinguir entre el viento racheado y el viento constante. El primero es mucho más peligroso incluso si es menos intenso. Asusta, obliga a corregir súbitamente y puede hacer que bajes la guardia entre racha y racha. Así que hay que mantenerse alerta. El viento constante es más manejable si su velocidad entra dentro de lo razonable. Se puede corregir la posición en la moto (sobre todo en largas rectas) y sencillamente ir inclinado.
  • Más tracción, menos velocidad. Evidentemente hay que reducir la velocidad, como ante cualquier situación anormal o de peligro. Pero casi más importante que no correr es circular más alto de vueltas. Con más tracción y capacidad de reacción. Hay que llevar la moto viva, para no quedar a merced del viento. Cortar gas es probablemente lo peor que puedes hacer cuando te topas con una racha de viento fuerte. Llevar el motor despierto te da un arma más para corregir la moto.
  • Vigilar al pasar por puentes y túneles y al entrar en gargantas y valles. Los cambios súbitos de orografía a nuestro alrededor pueden de repente darnos abrigo del viento o quitárnoslo. Tan peligroso puede ser sentir un viento fuerte de repente, como dejar de sentirlo súbitamente. Hay que prever estas sacudidas y estar preparado.
  • Vigilar mucho al adelantar o cruzarse otros vehículos, especialmente camiones. Al adelantar o cruzarnos con otros vehículos hemos de dar por sentado que van a causar una turbulencia. Al cruzarse con un camión de frente, habrá que unir al viento, la turbulencia que habitualmente provocan. Al pasar un camión, dependiendo de donde venga el viento, podemos sufrir un fuerte efecto de succión al terminar de pasarlo o dificultades para volver al carril.
  • Otras consideraciones. Hay que tener en cuenta que equipajes, carenados y acompañantes, hacen efecto vela y potencian el efecto del viento. Llevar una posición más recogida en la moto, dejar más espacio con otros vehículos… en definitiva, estar más alerta.

HTH.

Suerte y gasolina!

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